La buena música

En los breves momentos que un artista transeúnte se apodera de las ondas silenciadas por la indiferencia de compartir un espacio público, ella vive una felicidad que no es de esta vida. Abre su alma y cierra su vida, se empapa de los sonidos que sin querer interrumpen su corazón y la inundan de sentimientos ajenos. Cuando toca el violinista, se queda tan atenta como el bebé que colgado de su mamá por primera vez escucha tal chillido melancólico. Del guitarrista intenso y sentimental vive una historia de amor transcendental en cada nota. En los breves momentos que el artista transeúnte interrumpe sus pensamientos rutinarios y le regala nuevos sonidos, lo vive todo. Es captivada. Y solo ella conoce esa magia. Existe gente mágica. También existen aquellos que atraen magia. Ella la daba, la atraía, la sentía, la vivía, la conocía, y esa magia una vez le dijo que las mejores personas son las que comparten buena música.

 


Valentina Reyesdesaforadamentelibre ©

Tú que te fuiste

Lo besé y mi corazón se escapó de mí. Fue a buscarte y cada beso suyo me acercó los once mil y un kilómetros a tu cama. No hablamos mientras que mi corazón me gritaba desde el otro lado del mar, queriéndote. En su cama te soñé. En sus brazos te abracé. Cerré los ojos y eras tú acariciándome después de hacer el amor. Por su parte, él se encontraba a seis mil cuatrocientos veinticinco kilómetros de la cama que compartimos. Y lo sabíamos. Nos queríamos con tranquilidad. Era una química que se basaba en parte por nuestros corazones anhelados. No es quitarle el mérito a nuestra relación. Siempre existió esa sutileza. Siempre hubo una atracción que acentuó nuestro conocer. Pero nuestros corazones ya se nos habían escapado.

 


Valentina Reyesdesaforadamentelibre ©