Lo que decimos y lo que entendemos

Tranquila, Vale, tranquila. Lloro. Respira, Vale, respira. Me frustro. Al parecer hoy mis palabras no son cómplices de mi sensibilidad, la cual se percató de la fragilidad con la cual deambulaba mi corazón bajo mis lágrimas.

He decidido hablar menos y hablarme más. Es muy fácil decir que todo está bien, más aún cuando no lo está. Es difícil convencerse a uno mismo.

Y la verdad es que mi corazón no entiende mi idioma. De hecho, una verdad más certera es que los corazones no entienden ningún idioma que nosotros entendamos y a veces ni entre ellos se entienden. Pero tengo la ridícula idea de que si me repito que estoy bien lo suficiente, mi corazón empezará a entenderme.

Quizás cuando podamos comunicarnos, o por lo menos tener una palabra que podamos intercambiar sin percances, mi sensibilidad podrá concentrarse en sentimientos más efímeros, de esos que por lo menos yo pueda entender sin la ayuda de mi impredecible corazón.

Por el momento, mi sensibilidad está ocupada. Está haciendo el papel de doctor, enfermera, psicóloga, mamá, papá, hermana, mejor amiga, y hasta a veces peor enemiga de un corazón caprichoso y obstinado.

¿Qué hacemos con ese estorboso sentimiento de un corazón totalmente pulverizado? Pues digo yo que se debe querer. No al corazón en sí – ese siempre merece nuestro amor – pero se debe querer la sensación de completa tristeza, desolación, y desesperación cuando el corazón deja de ser. Porque solo así sabrá que lo entendemos a pesar de la barrera lingüística. Hay que aceptar las lágrimas, el dolor, el peso en el pecho. Hay que darle las bienvenidas al mar de pesadumbre.

Y se necesita llorar a veces.

No es necesario estar bien ahora.

Así que corrijo mi postura anterior: Sé intranquila, Vale, llora. Desahógate, Vale, frústrate.

Quizás mañana podré volver a sentir mis palabras.

Cortocircuito

Fue un cortocircuito que dejó réplicas que de vez en cuando sorprendían.

Qué cosa que una pequeña llama cause tal consecuencia.

Pero no fue solo la llamita,

Fue el aire aquella noche también.

Esa gran compañera que no conocemos

pero que cuando nos damos cuenta de su ausencia la extrañamos,

la que nos peina y despeina con sus caricias,

la que a veces se enoja y nos desordena los papeles,

y que a veces nos hace enojar y buscamos exhalarla.

Esa gran amiga con la que no podríamos vivir

pero que nunca nos hace caso

y que a veces es nuestra cómplice

y así lo fue esa noche.

Ella avivó la llama

y luego de su travesura se escapó,

dejándonos jadeando, apreciándola,

con la mente en blanco pues se llevó todo cuando se fue.

Se llevó las dudas, los temores, pero dejó la llama intacta,

la que ahora vemos bailar sobre la vela que iluminó nuestra energía

Y estuvimos

Y ahí quedamos

Y siguen las réplicas invitándome a volver a estar.

 


Valentina Reyesdesaforadamentelibre ©

Juguemos

Jugamos

Tú a que tu corazón no dicta

Yo a que mi cabeza sí

Tú a que sabes la solución

Yo a no quererte

Tú a que sabes que volveré

Yo a que sé que no

Juguemos

A que seré feliz con alguien más

Y que tú siempre estarás contento solo

A que podamos volver a encontrarnos

Sin añorarnos

Sin arrepentimientos

Sin volver a amarnos

O seguir amándonos

A que no te lloraré cada fecha en nuestro calendario

A que dejarás de cantarme

A que no querré llamarte

A que dejarás de mirarme

Llámame en tu último día

Y dime quién ganó en este juego.

 


Valentina Reyesdesaforadamentelibre ©

Tócame

No necesitas tocar mi cuerpo para tocar mi alma

Pero si me tocas la guitarra, mis sentimientos se desalman

En cada vibración de cada cuerda

Mis sentidos se desatan

Estalla el estribillo, toda sensatez se descarga

Compones con naturalidad un calor con bufanda

Y recompones los átomos de mis vidas pasadas

Me despliegas de la gravedad que me mantenía anclada

Me quitas todo camino, todo obstáculo, toda cordura

Bailan tus manos tocándome y mi figura

Se convierte en la guitarra que tus dedos transfiguran

No dejes de cantarme

Y sobre todo, no dejes de tocarme.

 


Valentina Reyesdesaforadamentelibre ©

De ti aprendí a enamorarme

Tus besos al sol irradiando mi corazón

y una sonrisa que descrubrí a base de tu amor

son mi alma encontrando el baile a su canción,

la primavera acariciando el invierno con tierno calor

para hacer florecer en mis ojos tu perfección.

 

Y enmarcados en la biblioteca de mis recuerdos

yacen los momentos que nuestro encuentro apasionó.

Enmarcados tus brazos acariciando mis sueños

Enmarcada tu mirada que curiosa me cautivó

Enmarcadas tus caricias dentro de mis más profundos anhelos

Enmarcado cada beso en cada esquina de mi corazón.

 

A esos cuadros huiré cuando necesite extrañarte

para acordarme que de ti aprendí a enamorarme.

 


Valentina Reyesdesaforadamentelibre ©

La buena música

En los breves momentos que un artista transeúnte se apodera de las ondas silenciadas por la indiferencia de compartir un espacio público, ella vive una felicidad que no es de esta vida. Abre su alma y cierra su vida, se empapa de los sonidos que sin querer interrumpen su corazón y la inundan de sentimientos ajenos. Cuando toca el violinista, se queda tan atenta como el bebé que colgado de su mamá por primera vez escucha tal chillido melancólico. Del guitarrista intenso y sentimental vive una historia de amor transcendental en cada nota. En los breves momentos que el artista transeúnte interrumpe sus pensamientos rutinarios y le regala nuevos sonidos, lo vive todo. Es captivada. Y solo ella conoce esa magia. Existe gente mágica. También existen aquellos que atraen magia. Ella la daba, la atraía, la sentía, la vivía, la conocía, y esa magia una vez le dijo que las mejores personas son las que comparten buena música.

 


Valentina Reyesdesaforadamentelibre ©

Tú que te fuiste

Lo besé y mi corazón se escapó de mí. Fue a buscarte y cada beso suyo me acercó los once mil y un kilómetros a tu cama. No hablamos mientras que mi corazón me gritaba desde el otro lado del mar, queriéndote. En su cama te soñé. En sus brazos te abracé. Cerré los ojos y eras tú acariciándome después de hacer el amor. Por su parte, él se encontraba a seis mil cuatrocientos veinticinco kilómetros de la cama que compartimos. Y lo sabíamos. Nos queríamos con tranquilidad. Era una química que se basaba en parte por nuestros corazones anhelados. No es quitarle el mérito a nuestra relación. Siempre existió esa sutileza. Siempre hubo una atracción que acentuó nuestro conocer. Pero nuestros corazones ya se nos habían escapado.

 


Valentina Reyesdesaforadamentelibre ©